No me gustan los hospitales

No me gusta ir a los hospitales

Esta semana tuve que ir a un hospital. No por mi, por un amigo😦

Es lo peor, no me gusta. Creo que a nadie, no? Bueno, excepto por esos que estudian, que quieren trabajar entre personas enfermas, precisamente para aliviarlos.

Como sea, me estoy desviando del tema.

Entonces fui y no me gustó, sobre todo porque fui a visitar a un amigo que quiero mucho. Estuvo casi una semana entera en el hospital y la verdad es que soy pésimo para esos espacios, porque cuando uno va, uno quiere actuar normal, no hablar de lo obvio, de lo mal o lo bien que está la persona, incluso si eso es lo mas importante.

Aunque siento que soy bueno en los momentos en los que se necesita volver el ambiente un poco más ligero. No es fácil. Mucha gente se deja llevar por el ambiente y esos instantes de manera muy rápida. No logran tomar un poco de perspectiva. Hay otra gente que tiene que ser fuerte, evitar el dolor en el instante o al menos esconderlo, actuar de manera normal. Y así soy yo.

Creo que no es tan difícil, especialmente cuando una gran parte de mi vida ha pasado escondiendo muchas cosas. Creciendo en un país machista y católico, ser gay nunca fue algo para asumirse con facilidad y ligereza. Por eso, había que ser fuerte, aparentar otras cosas a pesar del dolor, de lo duro que fuera querer hablar desde lo más profundo del corazón.

Tal vez por eso tampoco me gustan los hospitales. Me recuerdan a esos momentos de dolor escondido, de falsas sonrisas para animar. Y no porque las sonrisas las haga con falsas intenciones. Las intenciones son bellas, están ahí, palpitando para consolar y animar a quien postra en esas camas de hospital, que come unas verduras y proteínas hechas en masa y que llevan el olor de la tragedia en las sabanas de la sala donde están internados.

Pero no me gustan los hospitales porque también me remite a la última vez que no pude ir. La vez que más me duele, que me arrepiento con todo el corazón. Porque esa última vez, hace ya muchos años, no alcancé. Ya era muy tarde. Mi tía preferida había muerto tan joven y a pesar de estar tan poco tiempo en la clinica, la vida decidió llevársela muy pronto. No tenía ni 45 años, ni 5 días en el hospital, y yo no alcancé. Nunca la vi en los últimos momentos.

Me quedan entonces los buenos recuerdos de su vida, o más bien de la vida que pude compartir con ella, tan linda, risueña y cómplice como era.

Mi amigo ya salió sano y salvo del hospital. Esas son las mejores noticias. Yo lo sabía, sabía que no iba a pasar nada. No sé, siempre lo asumo. Que todo va a salir bien y que nada va a perturbar la vida que conozco.

Qué ingenuo soy, pero eso me reconforta.

Aun así, agradezco inmensamente a la vida que haya salido del hospital, que tuve la oportunidad de ir, porque aunque no me gusten los hospitales, al menos esta historia conoce un fin por fuera de sus deprimentes paredes.

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