Mi primera experiencia en Cannes (Parte III)

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En Cannes no dormí mucho. Como ya conté, nos íbamos a la cama  tarde y nos levantábamos temprano. Ese ritmo me agota rápido  y me siento décadas más viejo cuando las personas me dicen con orgullo y valentía, que llevan varios días sin dormir y están más animados que yo. El sueño es casi sagrado para mí y puedo hacer muchos sacrificios, pero restringir mi dormida es uno de los que nunca considero.

Para el tercer día, el grupo se levantó temprano para ir a una proyección de las ocho de la mañana, yo estaba noqueado. Aunque tenía toda la intención de aprovechar Cannes, no lo quería hacer de mala gana o hacerlo por hacerlo. Quería al menos tener una buena disposición para aprovechar las películas y el Festival en general.

Entonces decidí tomarme mi tiempo, aprovechando que el desayuno era servido hasta más tarde los fines de semana. Decidí alejarme un poco del mainstream de la películas de la Selección Oficial y me fui a ver una de las pocas proyecciones latinas de la Quincena de Realizadores. Fue La danza de la realidad del chileno Alejandro Jodorowsky. Un film pintoresco y bastante teatral, con unas escenas raras e impactantes y unas referencias bien fuertes al tiempo de la dictadura de su país.

Después llamé a mis compañeros y resultó que estábamos sincronizados, porque yo quería ir a la selección de cortometrajes y ellos ya hacían la fila. Me apuré porque estaban a punto de entrar y logramos ver durante una hora y media, la primera tanda de los cortos de esta edición. Fue una de las mejores proyecciones también porque estos son la ocasión perfecta para experimentar, para innovar con historias concisas, para asombrar en solo minutos. Una buena variedad  que dejó antojado de más.

Antes de salir del hotel esa mañana, entré a la plataforma para ver si había alguna invitación para esa noche. Después de actualizar varias veces la página, por fin una vez aparecía que quedaban invitaciones para Only lovers left alive, del director Jim Jarmusch. Era la película de las 22h, es decir que podría ser la primera alfombra roja oficial. Sería hoy o nunca, porque para el último día no había más estrenos interesantes. Mientras todo eso pasaba por mi cabeza, también me dije: “Yo no quiero ir solo, voy a llamar a mis compañeros”.

Les marqué con la felicidad y la excitación de ver el aviso, para que pudiéramos ir todos. Hablé con una de las niñas y ella comunicó al grupo con el que estaba. Cuando hice clic para reservar la invitación, era demasiado tarde. No pude conseguirla. No lo creí, me reía de la frustración de la situación y partí decepcionado. Más tarde me enteré que mi amiga a la que llamé tampoco tuvo la invitación pero el resto que estaba con ella sí lo logró. Es decir, el tiempo que perdimos en el teléfono, mientras le avisaba, menos de un minuto para mis cuentas, fue lo necesario para quedarnos sin invitación.

Nos pasamos todo el día revisando a ver si cambiaba nuestra suerte, pero a través de la plataforma no se pudo. Lo bueno fue que en la tarde, después de los cortos, fuimos al Mercado del Cine y pudimos hablar con los representantes de una sociedad de producción quienes tenían invitaciones de sobra y nos regalaron los dos puestos que nos faltaban. Finalmente, íbamos a ir a una premier y resultamos un grupo de más de 10, lo que hizo la experiencia mucho más interesante.

Fuimos al hotel después de los cortometrajes y nos pusimos pispos. Por fin saqué el pantalón, la camisa y el saco, que ya creí que iban a volver a París sin conocer Cannes por fuera del hotel. Saqué también el corbatín, obligatorio para el evento. Era primera vez que usaba corbatín. Era negro, sencillo y lo había comprado dos días antes del viaje por 10 euros en H&M después de haber buscado en muchas tiendas porque en verdad no es tan fácil como un creería, las corbatas son de lejos mucho más populares.

Salimos todos del hotel, con nuestras invitaciones de sellos brillantes y fuimos a esperar a la entrada. Era a las 22h y abrieron a eso de las 21:30h.

Uno entra por la derecha del Palacio hasta la mitad, donde está la alfombra roja. La música suena fuerte, una mezcla entre hits clásicos y modernos, mucha energía, fotógrafos y camarógrafos elegantes y gritando por tomar una foto o capturar los mejores planos, y un animador de fondo comentando sobre los actores que ya entraron y a quién más se está esperando. Todo esto hace del momento una experiencia eufórica y todos teníamos, literalmente, cara de ponqué. Éramos un gran grupo, emocionado  y tomando cuanta foto pudiéramos. Pero a pesar de lo excitado que estés en el momento, hay que moverse, avanzar, entrar. Sino, hay gente que se encarga que entres rápido y te van indicando por dónde debes seguir. Porque claro, como nosotros, había una centena de personas que hacían lo mismo y era evidente que no se podía seguir el paso.

Logramos algunas fotos personales y varias grupales. Al menos quedamos con la prueba de que fuimos a Cannes y asistimos a una proyección de estreno. Y reíamos para la foto pero se escuchaba el “entremos por favor” de las niñas encargadas de apresurar a la gente, que con una sonrisa forzada y un vestido impecable, escondían el desespero de insistir sin resultado a una muchedumbre emocionada por el glamour del momento. No eran ni siquiera 15 minutos de gloria, era algo así como 5 minutos, así que debíamos aprovecharlos antes de entrar.

Después de posponer la entrada todo lo que pudimos, ingresamos y nos acomodamos, en la parte superior de la sala principal del Palacio, que tengo entendido  puede recibir a más de 3000 personas. En la pantalla del cine, pasaban lo que estaba sucediendo a solo metros, en la red carpet. Antes de las 22h, estaba Jarmusch con Tilda Swinton y Tom Hiddleston, los actores del roles principales. Para ellos no hay niñas apresurando, y se toman todo el tiempo del mundo para posar dignamente frente a los flashes de medios de todo el mundo.

Cuando por fin entraron, toda la sala comenzó a aplaudir y ellos a hacer reverencias de agradecimiento. Se acomodaron en medio de la sala y por fin comenzó la película. Una propuesta interesante de vampiros modernos, o más bien de vampiros antiguos con una mirada innovadora. Un film que aunque no fue mi favorito, valió la pena por todo lo que acabábamos de vivir. Una experiencia inolvidable.

Después de la película y la euforia del estreno, salimos a intentar seguir por lo alto. Fuimos a un sitio de rumba, pero no estaba para nada animado. Fuimos a buscar otro sitio, pero igual. La gente de Cannes o es mala para rumbear o todos los fiesteros estaban en los espacios privados a los que no pudimos entrar.  Terminamos, una vez más, tomando cerveza. Y no es que no me guste la cerveza o un buen parche para hablar, pero era la gente con la que había hablado todo el día, durante las filas, en el hotel y después de las películas. Ya estaba un poco cansado de  hablar. Pero fue de esas veces que simplemente no se da, y no encontramos un buen sitio para el remate. Y bueno,  un par de horas después de la medianoche nos devolvimos para el hotel a dormir antes de empezar nuestro último día de Festival.

El día de más películas en mi vida

El último día es el adecuado para ver las películas a las que no alcanzaste en el Festival, porque programan toda la Selección Oficial y puedes acceder con la acreditación, haciendo lo de siempre: una hora de fila de espera. Estábamos emocionados, programados y divididos, porque cada uno tenía un film preferido, era cuestión de sacrificios.

Entonces se hicieron diferentes grupos y en  el que yo estaba, comenzamos nuestro último día cinéfilo con la película Inside Llewyn Davis. Wow! No sé si me dejo encantar muy fácil cuando una película usa muy bien la música o porque el soundtrack de la película es como lo que yo escucharía en mi iPod, o porque la película de los hermanos Ethan y Joel Cohen fue demasiado interesante, o todas las anteriores, pero fue la mejor manera de comenzar el día. Una historia simple, con música agradable y un desarrollo entretenido. Nada más que pedir.

Salimos de esta primera proyección a las 9 a.m. a hacer una fila de menos de media hora, porque tuvimos suerte que otro grupo nos había tomado la delantera y nos guardaron puesto. Esta vez era para La vie d’Adèle, la cual sonaba como la favorita del Festival y que finalmente se llevó la Palma de Oro, y que era infaltable. Fue la película más larga de esta edición, de más de 3 horas, que cuenta la historia de una niña lesbiana y su recorrido personal, desde el colegio hasta la edad adulta. Como la película anterior, una historia muy simple, pero muy bien contada. Se te pasan rápido las tres horas y tienes unas interpretaciones intensas y muy agarrantes, que te dejan pensado: por qué Ryan Gosling es considerado actor? La película es del director Abdellatif Kechiche y tiene como protagonistas a Léa Seydoux y a Adèle Exarchopoulos. Excelente film, recomendado.

Tres horas después y ya eran las 4 de la tarde. No nos daba tiempo de nada, salíamos de una sesión y corríamos a la otra, para intentar evitar mucha fila. Entonces esta vez fuimos al tercer film del día, La Vénus à la fourrure del director Roman Polanski. El último film que yo vi de él fue Carnage y fue un poco la misma dinámica. Tener a los actores en un lugar cerrado, interactuando y pasando por muchos estados durante la película. A mí me gustó bastante, muchos la criticaron y le piden que cambie un poco el estilo, que ya nos vuelve claustrofóbicos.

Una vez acabada la película logramos ir a comer algo. Ese día había llevado unas galletas, maní y una manzana porque sabía que no podría comer muy bien. Y como mi sueño, calmar el hambre es mi prioridad. Creo que ninguno del grupo había prevenido como yo y solo tomaban café de un puesto de Nescafé que estaba instalado en la mitad del Mercado. Cada vez conozco más gente que dice con mucha convicción, después de un día de trabajo, o estudio, o un día en general: “No como nada desde las 7 de la mañana”. Antes los miraba con cara de: WTF?!!.  Ahora, ni me preocupo y pienso: “Ok, un raro, de cuerpo mágico que no necesita nada de alimentación y es capaz de sobrevivir como si nada,  más”. ¿Cómo hacen?

Todos nos logramos reunir e ir a la sala donde iban a proyectar la premiación. Era raro porque la premiación pasaba justo a metros de donde estabas, pero al no tener invitaciones te tocaba verlo en pantalla grande, como si fuera en otro lugar del planeta. Logramos verlo todo y al menos fue una premiación con ganadores variados. Como siempre, muchas reacciones de los asistentes, pero bueno, el jurado hizo su trabajo.

Terminada la ceremonia, se dio inicio a la alfombra roja de Zulu, la película de clausura del Festival. Me pareció interesante porque tenía a Orlando Bloom y a Forest Whitaker en los roles principales. Me dije: “Este par y en Cannes, debe ser buena”. Algo que había decidido durante el festival fue no leer nada de las películas antes de verlas. La próxima vez seré más audaz, porque ¡qué lata! Lástima haber terminado el festival en tan baja nota con una producción tan Hollywood, tan alejada del ambiente creativo y fresco que me habían dado las otras películas del día. Me sentí viendo una película un domingo en la tarde en Caracol, justo después de Rápido y Furioso 3. Una película que varía en locaciones pero mantiene esas tramas de violencia, de agentes y de venganzas que ya me cansa de ver en las películas. Definitivamente, no es mi tipo. Suficiente con lo que pasa en la realidad.

Salimos y decidimos ir a tomarnos la última cerveza en la ciudad. Pero se nos había olvidado que era domingo y estamos en Francia. Es decir, todo está cerrado. O bueno, prácticamente todo porque terminamos en un bar inglés que se quedaban hasta un poco más tarde, 23h (?). Algunos comieron helado, de una heladería italiana que iba cerrando sus puertas. Yo no tenía ni plata ni ganas de ninguna de las anteriores. Estaba mamado de la cerveza y no quería helado tan tarde. No muchas opciones para escoger.

Nos fuimos para el hotel, temprano ese último día, porque la salida era a las 7:30 para la estación. Entonces, organizamos todas las maletas y  los tres del cuarto nos aseguramos de poner las alarmas entre 6:30 y 7:00 a.m. Yo medio puse la cabeza en la almohada y ¡plop! Hasta el otro día. Tengo un sueño pesado y duermo inmediatamente. Tan pesado, que eran las 7:15 a.m. del lunes y no me había despertado. Creí que era entre mis sueños que había escuchado mi alarma y la de mi compañero de cama, unos minutos antes. De pronto mi instinto me hizo levantar y me di cuenta que ¡¡ellos tampoco se habían levantado!!

La confusión no era normal. De esas veces que no sabes qué está pasando, en qué habíamos quedado, por qué ellos tampoco se habían levantado. En fin, todo pasó tan rápido, que mi reacción fue decirles: “Hey, 7:15 nos van a dejar!!”. Se levantaron más confundidos que yo y corrimos a organizarnos y ese día hice mi francesada. Me fui a desayunar y me vine a París sin bañarme. Literalmente no teníamos tiempo y pues eso, a diferencia del hambre y el sueño, no es una prioridad de vida o muerte. Bajamos, tuve el último mejor desayuno del hotel y nos fuimos para la estación.

Salimos puntuales a las 8:15. Dormí lo que me faltaba en el tren y pude hablar un poco más con las niñas. Llegamos a París a las 13:15 y estaba sonriente, muy contento de haber vivido la experiencia, pero apresurado porque tenía que trabajar ese día. El ambiente cambió cuando llegamos a un clima muy regular y a montar en un metro lleno y oloroso. Ya se sentía que no estábamos en Cannes y que la vida cotidiana volvía. Pero me dejó una sonrisa en la cara que vuelve cada vez que me acuerdo de esa gran aventura; una inspiración enorme para confirmar que me encanta lo que hago; y un placer de todo lo que disfruté por todas las veces que me decía a mí mismo: “Hay que aprovechar porque estamos en Cannes!”

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